La séptima vida

...o el gato así lo espera/teme

Sonrisa ambigua

El tren llegó a su destino a las 17:50, la hora esperada. Eso me dejaba una hora y dieciséis minutos para hacer el trayecto en metro entre las estaciones de Montparnasse y del Este y abordar el siguiente tren. Si, como hasta ese momento, todo seguía su curso normal, debería llegar a la estación del Este alrededor de las 18:30. No había prisa.

A la hora en que llegamos, en el mes de enero, París ya lleva su faz nocturna. La torre Eiffel y su vestido de luciérnagas quedaban del lado derecho del tren y yo estaba del lado izquierdo. Cerré el libro que me acompañó durante las dos horas de viaje y comencé a guardar mis cosas. La gente de mi alrededor se levantó para tomar su equipaje. Yo tenía tiempo; arreglé mi bajada con calma.

Del asiento de adelante se levantó una señora de unos cincuenta años. Su cabello rizado, sin ser largo ni corto, indefinido, estaba teñido del color del té, ni rubio ni anaranjado. Le escondía sus ojos y prácticamente su cara entera. Volteó hacia mí con una media sonrisa. No me pareció de complicidad, como la que haría alguien que se afana para salir del tren como todos los demás, ni de amabilidad, ni de empatía. Fue una sonrisa  ambigua. Sonreí también pero luego me dí cuenta que su gesto iba más allá de mí, hacia un punto indefinido sobre mis hombros, hundido en mi asiento. Me volteé rápidamente; mi sonrisa se convirtió en un gesto amargo.

Treinta segundos después, la señora sacó un bastón blanco con rojo de su bolso y lo extendió en el centro del pasillo.

Finalmente las puertas del tren se abrieron y todos pudimos bajar del vagón en una fila de cortesías, prisas, paciencia y frío. Sí, en enero hace frío en París. Me había enfundado la cabeza en un gorro, el cuello en una bufanda gruesa, llevaba ya la chamarra puesta y me faltaban aún los guantes. Ya en el andén, levanté la extensión de la manija de la maleta y la inserté detrás del saco de la computadora para tener solo un bulto del que preocuparme.

Me incorporé para integrarme a la masa de personas que íbamos del andén al cubierto de la estación. Habíamos descendido de uno de los vagones del medio del tren. Frente a nosotros estaba la estación de Montparnasse; detrás, los alrededor de 350 kilómetros de vía férrea recién recorridos.

Entonces una señora mayor se separó del grupo con el que platicaba y pasó corriendo junto a mí. Alcanzó a aquélla de la sonrisa ambigua que caminaba auscultando el suelo con su bastón en sentido contrario, hacia el camino de regreso. Se acercó a ella y suavemente la tomó por un hombro. Hablaron, rieron, le ofreció su brazo y luego la acompañó hacia la estación. Pasaron platicando a mi lado. Las perdí cuando bajé a la entrada del metro; ellas caminaron hasta la puerta principal de la estación de tren.